Estaban en un café y llevaban un rato bromeando y fantaseando acerca del sexo que tendrían. Ya lo habían probado entre ambos, y funcionaba perfectamente. Ella especulaba todo el tiempo con lo que a él le gustaba, y lo aplicaba. Bastaba que a ella le pareciera excitante una idea para ponerla en práctica; y así algo que habitualmente no se hacía, se empezaba a hacer.
-Ah, te gusta hablar a vos- se rió una vez ella, teniéndolo encima a él, que acababa de declarar su calentura.
Él no supo qué responder. Pero a partir de entonces, ella empezó a susurrarle cosas al oído, cada vez que estaban; cosas que a él lo excitaban el doble.
Parecía que a ella le encantaba superar el grado de excitación que generaba en él, día tras día.
-Tengo un disfráz de enfermera- dijo ella, sugerente, mientras revolvía el café.
-Ah, ¿sí?
-Sí, ¿Te morbosea?
-No, la verdad que no.
-¿Y qué te gustaría?
-Con tu desnudez basta y sobra.
-¿Es irónico que no te morbosee la idea del disfraz?- preguntó ella con una incertidumbre real.
-No, es la verdad…
-Ah… cierto que sos sincero. Y no te contradecís con lo que dijiste una vez. Eso quiere decir que sos real.
Él no supo si ella estaba siendo irónica, ahora.
Iban por la autopista camino a la casa de ella, donde su familia estaría ausente. Venían escuchando un par de temas de Metálica, por él; y la calefacción del auto sofocaba un poco, pero era mejor que viajar temblando. Él imaginaba lo que harían al llegar, y dónde lo harían. La empezó a acariciar suavemente, a tocarla sobre la ropa. Escondió su helada mano entre las piernas de ella, que sonreía sin reaccionar activamente. A veces se mostraba cohibida, recatada ante determinadas situaciones. A él le gustaba más cuando se exaltaba; aunque no sabía si la motivación de ella era la propia calentura, o quizá su naturaleza complaciente. Aunque cambió de Metálica a Ceratti.
En la casa aun estaba su madre y su hermano, prontos a irse. A él le daba un poco de vergüenza estar expuesto a quedarse a solas con la niña de la casa.
Cuando salieron, fue inmediato el alivio de él, y sin que los parientes de su novia lo noten, los siguió con la mirada desde la habitación que daba al exterior: la habitación de su madre.
Habiendo arrancado el auto fue a buscarla a ella a la cocina… y entre besos y abrazos rodando por las paredes, llegaron al pasillo entre las habitaciones. Él optó por entrar a la habitación de la madre, y tirarla a ella en la cama.
A ella no le gustó la idea, insistió en salir. Él se excusó:
-Desde acá nos vamos a enterar si llegan.
-No, vení, vamos a mi pieza.
En la otra habitación, ella le sacó la ropa a él, y le dijo que se acueste en su cama. Lo tapó. Le hizo cerrar los ojos y lo cubrió con las frazadas. Por más que él tuviera ganas de espiar, y se imaginara lo que estaba pasando, seguía el juego de ella.
Pero la vio tan linda con el disfráz cuando abrió los ojos… que no pudo sino intentar atraparla y empezar a masturbarse, ya destapado, y hacer que ella se exponga visualmente.
Ella se reía de los nervios… él no sabía si por el disfráz o por el arranque masturbatorio que estaba teniendo: una criatura muy lejos de lo humano.
Él tiró de su brazo y la hizo acostarse en la cama. Se paró, y empezó a lamerla… a meter la mano sobre los encajes de esa ropa tan sexual. Ella, que ahora lo miraba diferente, como si el lugar fuera el que los posesionara, gimió para demostrarle que le gustaba lo que él hacía.
Él estaba cada vez más entusiasmado con lo visual. Se alejaba para verla con el disfraz y la daba vueltas para poder apreciarla tendida en la cama boca abajo. Pensó en que la penetraría sin sacarle una sola prenda, sólo corriendo los encajes. La tocó por encima de las prendas interiores, que en ese disfraz eran netamente exteriores. Apretó suavemente con sus dedos para sentirle la carne sobre tela caliente.
Siguió lamiendo su cuerpo, alternando con su boca, mordiéndole suavemente los labios, su lengua… Bajó e hizo algo muy parecido. Ella estaba gimiendo.
-Cogeme- pidió, como siempre pedía, entre tantos espasmos de placer de ambos.
Y eso no quería decir específicamente que él tuviera que empezar la penetración para complacerla. Sólo expresaba su deseo de que él siga adelante. Y como era la palabra que hacía de preámbulo… siguió con otras similares.
Él llegó a correr la tela húmeda de su disfraz para introducir sus dedos en esa humedad oscura, relajante y paradójicamente excitante.
-Ay, cómo te calentás, amor- articuló ella, no tanto sorprendida como entusiasmada. Tenía sus brazos sobre el cuello de él, como sujetándose.
Luego, como venía siendo costumbre, los dedos salieron de su interior y volvieron a entrar por otro lado no tan fluido. El gemido de ella, fue casi un grito.
-¡Cómo me gusta esto!- le susurró él, al oído.
-Ay, ¿te gusta, amor?- inquirió ella haciendo saltar sus caderas sobre el colchón, acompañando cada movimiento que él hacía con los dedos, como sosteniendola desde su parte trasera.
-Se me está haciendo una costumbre… es que me vuelve loco, esto.
-¿Te gusta, amor?- repitió ella.
-Sí, me fascina.
-Es todo tuyo, todo tuyo… - y siguió gimiendo.
Esa frase de entrega había sido dicha en otras ocasiones, pero él nunca pudo llegar a hacer uso de esa propiedad, ya que ese era el límite… hasta ahí se llegaba.
-Entonces lo voy a usar- dijo él.
-No, amor, seguí así- pidió ella, gimiendo.
Pero él ya estaba encima de ella, todavía boca abajo. Hizo el primer intento de entrar por ese lugar prohibido, pero se le dificultó.
-No, amor, seguí como antes, dale.
Él agarró el gel que pensaba usar sólo para tocarla, como siempre hacía, y untó tanto el lugar macho como el hembra. Y de a poco fue entrando, con una mínima resistencia de parte de ella. Sabía que por algún motivo no lo quería hacer. Pero de otro modo él se lo debía a sí mismo, y a la excitación que ella le provocaba. Esperó en algún punto que ella supiera entenderlo, creyendo que hacer eso, era un homenaje a la sexualidad que irradiaba.
Los siguientes minutos, si llegaron a ser minutos, ella dejó de gemir. Y él se interesó por practicar ese tipo de sexo, con un placer solitario y egoísta. Sintió que costaba mucho usar esa parte de ella. Pero mentalmente le excitaba. Quizá no fuese tan placentero como estar dentro de ella de la manera habitual… pero aun así, estaba excitado. Y de arremeter con el cuidado de una primera vez, comenzó a mermar el movimiento.
-¿Puedo acabar adentro, amor?- preguntó él, estúpidamente culpable a esas alturas de su aberración.
Ella le respondió afirmativamente, pero neutral. Parecía que no existía la excitación en ella; sólo la entrega, una en la que no podía saberse si había siquiera dolor.
Él arremetió con más fuerza, dispuesto a acabar. Ella permanecía quieta, o al menos él no notaba ningún tipo de movimiento. El final fue sólo el final de la excitación: el simple relax, pues no sintió él gran placer del orgasmo, contrario a lo que venía vaticinando el clímax.
Lentamente salió de ella, y se relajó a su lado, boca arriba, acariciando sus glúteos.
No se animaba a decir ni preguntar nada. La besaba en la mejilla. Ella no parecía tan mal como él llegó a suponer en el climax de su culpa. Más bien: tenía el aire común y alegre de siempre. Aunque él suponía que las cosas no estarían iguales a partir de ese momento.
-¿No te pusiste forro?- preguntó ella, luego de palparse los gluteos.
-No- respondió. Y creyó necesario sincerarse:- No lo vi necesario, tampoco.
-¡Ah, gracias!- ironizó ella.
-Perdoname.
Él la abrazó y ella respondió al abrazo.
-Perdoname, amor- repitió él con una sensación de culpa, miedo y con la sensación de que no había vuelta atrás.

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