No habían sido preocupantes los rumores, hasta el momento en que el padre de ellos les dio razón de ser. Sin embargo, César, que siempre había sido un hijo obediente, esta vez supo rehusarse tímidamente (y de ser necesario, lo haría con toda la fuerza que su padre desconocía de él). Su padre no expuso su idea, quizá sus deseos en palabras directas; pero sí esbozó palabras que César entendió, quizá por ser hombre y por sentirse encaminado a ser el pensamiento de su padre.
Creía que, luego de haberse rehusarse, necesitaría soledad, pero sin pensarlo buscó la presencia de su hermana que hubiese sido, junto con él, la otra participante de la herejía.
Lucrecia venía siendo preparada por su padre, para ayudar a la causa de su grandeza. Y si bien conocía los hechos de la vida, en boca de su padre algo bien concreto sonaba absolutamente complejo... hasta tal punto, que Lucrecia no había llegado aun a saber en su totalidad lo que de ella se esperaba, junto con su hermano, para terminar de complacer a su Santo Padre, en esa causa tan importante.
César entró a la enorme habitación y sin reparar en la ocupación de su hermana, la abrazó y la condujo al lecho, para tenderse a llorar. Lucrecia no entendía lo que veía. Hasta ese momento, en la vida de su familia, todos los asuntos eran importantes, pero no había existido hasta el momento razones de tristeza o preocupación.
Ella intentaba indagar en el llanto de su hermano, pero él no sólo bajaba la vista, sino que hizo descender todo su ser al suelo para ocultar su cara en las piernas de ella. No hubo palabra que brotara del interior de su hermano.
Lucrecia quiso comunicar esa preocupación a su padre, quien con una perfecta oratoria desdibujó la realidad, e hizo que en los recuerdos de ella, no quedara posibilidad de relacionar el alejamiento de su hermano con ese día.
Lucrecia quiso comunicar esa preocupación a su padre, quien con una perfecta oratoria desdibujó la realidad, e hizo que en los recuerdos de ella, no quedara posibilidad de relacionar el alejamiento de su hermano con ese día.
A partir de entonces, César, hizo intentos de rebelión, pero su persona y su voluntad no llegaron muy lejos. Continuó siendo parte de la familia, pero a la distancia, colaborando en los sacrificios que debía hacer para que esas personas a las que alguna vez quiso desde su amor natural, continuaran llevando esa vida que tanto querían. Sólo fue un peón que operaba en las lejanías.
Cada vez que pensaba en su hermana, la veía como a una niña, a la que no pudo conocer de adulta. Su familia siguió existiendo como una causa natural, como un mal necesario, un vicio. Si César debía operar de algún modo, velando por el bienestar de su familia, lo haría desde las sombras, desde la ausencia.
Con el paso de los años, sentía que su persona desentonaba en las pocas veces que se hacía presente; así que decidió usar una máscara para que ya nadie supiera cómo era su verdadero rostro.

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