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lunes, 26 de septiembre de 2011

Esa noche estuvimos 4 veces en la cama. En cada intervalo me preguntaba si hablaríamos de aquel tema por el que supuestamente nos habíamos juntado en esa tarde. No lo hablamos. 
Sin criticarle, sea la especulación o la descarga de cuestiones, que aparentemente la acongojaban en esos días, simplemente no me salió creerle. Sólo buscaba encontrarse conmigo, estoy seguro; no creo que haya estado preocupada. Ella necesitaría más un encuentro que una descarga verbal o tener siquiera la posibilidad de especularme. Y no porque yo fuera irresistible, sino porque soy lo que tenía a mano, y en algún punto, yo la entendía como nadie. Evidentemente, me le aparecí en ese momento, y me adaptaba a lo que ella buscaba.
Varias veces me lo dejó en claro, de manera indirecta, durante mucho tiempo. Y las aparentes preocupaciones de aquel día, no han vuelto a aparecer en el tiempo que nos quedaba a partir de entonces. El pretexto ha de haber sido simplemente algo olvidable, a comparación del encuentro, que por similar a los otros, todos eran recordables.
Aun así, ella se me borra, no puedo recordarla. Pero hoy sí, y puedo recordar un cuerpo desnudo que me excitaba mucho, pero que por momentos, cuando me decía algo, mi foco se centraba en sus ojos acechadores; en esa media sonrisa..., y de algún modo muy hábil ella me explicaba por qué los mecanismos de su pensamiento giraban en un sentido y no en otro; como confesándome sus corrupciones a mi, sólo a mi, que la desaprobaba pero la amaba. Y veía con cierta desconfianza esa hermosa pero temible cara, y no su cuerpo tan entregado.
Y luego, como queriendo ganarle al miedo, yo me subía a su cuerpo, para gastar un poco de lo bueno que tenía.  

martes, 28 de junio de 2011



Estaban en un café y llevaban un rato bromeando y fantaseando acerca del sexo que tendrían. Ya lo habían probado entre ambos, y funcionaba perfectamente. Ella especulaba todo el tiempo con lo que a él le gustaba, y lo aplicaba. Bastaba que a ella le pareciera excitante una idea para ponerla en práctica; y así algo que habitualmente no se hacía, se empezaba a hacer. 
   -Ah, te gusta hablar a vos- se rió una vez ella, teniéndolo encima a él, que acababa de declarar su calentura. 
   Él no supo qué responder. Pero a partir de entonces, ella empezó a susurrarle cosas al oído, cada vez que estaban; cosas que a él lo excitaban el doble. 
   Parecía que a ella le encantaba superar el grado de excitación que generaba en él, día tras día. 

   -Tengo un disfráz de enfermera- dijo ella, sugerente, mientras revolvía el café.  
   -Ah, ¿sí?
   -Sí, ¿Te morbosea? 
   -No, la verdad que no. 
   -¿Y qué te gustaría?
   -Con tu desnudez basta y sobra.  
   -¿Es irónico que no te morbosee la idea del disfraz?- preguntó ella con una incertidumbre real. 
   -No, es la verdad…
   -Ah… cierto que sos sincero. Y no te contradecís con lo que dijiste una vez. Eso quiere decir que sos real. 
   Él no supo si ella estaba siendo irónica, ahora.

   Iban por la autopista camino a la casa de ella, donde su familia estaría ausente. Venían escuchando un par de temas de Metálica, por él; y la calefacción del auto sofocaba un poco, pero era mejor que viajar temblando. Él imaginaba lo que harían al llegar, y dónde lo harían. La empezó a acariciar suavemente, a tocarla sobre la ropa. Escondió su helada mano entre las  piernas de ella, que sonreía sin reaccionar activamente. A veces se mostraba cohibida, recatada ante determinadas situaciones. A él le gustaba más cuando se exaltaba; aunque no sabía si la motivación de ella era la propia calentura, o quizá su naturaleza complaciente. Aunque cambió de Metálica a Ceratti.  
   En la casa aun estaba su madre y su hermano, prontos a irse. A él le daba un poco de vergüenza estar expuesto a quedarse a solas con la niña de la casa.  
   Cuando salieron, fue inmediato el alivio de él, y sin que los parientes de su novia lo noten, los siguió con la mirada desde la habitación que daba al exterior: la habitación de su madre. 
   Habiendo arrancado el auto fue a buscarla a ella a la cocina… y entre besos y abrazos rodando por las paredes, llegaron al pasillo entre las habitaciones. Él optó por entrar a la habitación de la madre, y tirarla a ella en la cama. 
   A ella no le gustó la idea, insistió en salir. Él se excusó:
   -Desde acá nos vamos a enterar si llegan. 
   -No, vení, vamos a mi pieza. 
   En la otra habitación, ella le sacó la ropa a él, y le dijo que se acueste en su cama. Lo tapó. Le hizo cerrar los ojos y lo cubrió con las frazadas. Por más que él tuviera ganas de espiar, y se imaginara lo que estaba pasando, seguía el juego de ella. 
   Pero la vio tan linda con el disfráz cuando abrió los ojos… que no pudo sino intentar atraparla y empezar a masturbarse, ya destapado, y hacer que ella se exponga visualmente. 
  Ella se reía de los nervios… él no sabía si por el disfráz o por el arranque masturbatorio que estaba teniendo: una criatura muy lejos de lo humano. 
   Él tiró de su brazo y la hizo acostarse en la cama. Se paró, y empezó a lamerla… a meter la mano sobre los encajes de esa ropa tan sexual. Ella, que ahora lo miraba diferente, como si el lugar fuera el que los posesionara, gimió para demostrarle que le gustaba lo que él hacía. 
   Él estaba cada vez más entusiasmado con lo visual. Se alejaba para verla con el disfraz y la daba vueltas para poder apreciarla tendida en la cama boca abajo. Pensó en que la penetraría sin sacarle una sola prenda, sólo corriendo los encajes. La tocó por encima de las prendas interiores, que en ese disfraz eran netamente exteriores. Apretó suavemente con sus dedos para sentirle la carne sobre tela caliente. 
   Siguió lamiendo su cuerpo, alternando con su boca, mordiéndole suavemente los labios, su lengua… Bajó e hizo algo muy parecido. Ella estaba gimiendo.
   -Cogeme- pidió, como siempre pedía, entre tantos espasmos de placer de ambos. 
   Y eso no quería decir específicamente que él tuviera que empezar la penetración para complacerla. Sólo expresaba su deseo de que él siga adelante. Y como era la palabra que hacía de preámbulo… siguió con otras similares.
   Él llegó a correr la tela húmeda de su disfraz para introducir sus dedos en esa humedad oscura, relajante y paradójicamente excitante. 
   -Ay, cómo te calentás, amor- articuló ella, no tanto sorprendida como entusiasmada. Tenía sus brazos sobre el cuello de él, como sujetándose.
   Luego, como venía siendo costumbre, los dedos salieron de su interior y volvieron a entrar por otro lado no tan fluido. El gemido de ella, fue casi un grito. 
   -¡Cómo me gusta esto!- le susurró él, al oído. 
  -Ay, ¿te gusta, amor?- inquirió ella haciendo saltar sus caderas sobre el colchón, acompañando cada movimiento que él hacía con los dedos, como sosteniendola desde su parte trasera. 
   -Se me está haciendo una costumbre… es que me vuelve loco, esto. 
   -¿Te gusta, amor?- repitió ella.
   -Sí, me fascina. 
   -Es todo tuyo, todo tuyo… - y siguió gimiendo. 
  Esa frase de entrega había sido dicha en otras ocasiones, pero él nunca pudo llegar a hacer uso de esa propiedad, ya que ese era el límite… hasta ahí se llegaba.
   -Entonces lo voy a usar- dijo él. 
   -No, amor, seguí así- pidió ella, gimiendo.
   Pero él ya estaba encima de ella, todavía boca abajo. Hizo el primer intento de entrar por ese lugar prohibido, pero se le dificultó. 
   -No, amor, seguí como antes, dale. 
   Él agarró el gel que pensaba usar sólo para tocarla, como siempre hacía, y untó tanto el lugar macho como el hembra. Y de a poco fue entrando, con una mínima resistencia de parte de ella. Sabía que por algún motivo no lo quería hacer. Pero de otro modo él se lo debía a sí mismo, y a la excitación que ella le provocaba. Esperó en algún punto que ella supiera entenderlo, creyendo que hacer eso, era un homenaje a la sexualidad que irradiaba. 
   Los siguientes minutos, si llegaron a ser minutos, ella dejó de gemir. Y él se interesó por practicar ese tipo de sexo, con un placer solitario y egoísta. Sintió que costaba mucho usar esa parte de ella. Pero mentalmente le excitaba. Quizá no fuese tan placentero como estar dentro de ella de la manera habitual… pero aun así, estaba excitado. Y de arremeter con el cuidado de una primera vez, comenzó a mermar el movimiento. 
   -¿Puedo acabar adentro, amor?- preguntó él, estúpidamente culpable a esas alturas de su aberración. 
   Ella le respondió afirmativamente, pero neutral. Parecía que no existía la excitación en ella; sólo la entrega, una en la que no podía saberse si había siquiera dolor.
   Él arremetió con más fuerza, dispuesto a acabar. Ella permanecía quieta, o al menos él no notaba ningún tipo de movimiento. El final fue sólo el final de la excitación: el simple relax, pues no sintió él gran placer del orgasmo, contrario a lo que venía vaticinando el clímax. 
   Lentamente salió de ella, y se relajó a su lado, boca arriba, acariciando sus glúteos. 
   No se animaba a decir ni preguntar nada. La besaba en la mejilla. Ella no parecía tan mal como él llegó a suponer en el climax de su culpa. Más bien: tenía el aire común y alegre de siempre. Aunque él suponía que las cosas no estarían iguales a partir de ese momento. 
   -¿No te pusiste forro?- preguntó ella, luego de palparse los gluteos.  
   -No- respondió. Y creyó necesario sincerarse:- No lo vi necesario, tampoco.  
   -¡Ah, gracias!- ironizó ella. 
   -Perdoname.
   Él la abrazó y ella respondió al abrazo. 
   -Perdoname, amor- repitió él con una sensación de culpa, miedo y con la sensación de que no había vuelta atrás. 

sábado, 18 de junio de 2011

Divorcio


No habían sido preocupantes los rumores, hasta el momento en que el padre de ellos les dio razón de ser. Sin embargo, César, que siempre había sido un hijo obediente, esta vez supo rehusarse tímidamente (y de ser necesario, lo haría con toda la fuerza que su padre desconocía de él). Su padre no expuso su idea, quizá sus deseos en palabras directas; pero sí esbozó palabras que César entendió, quizá por ser hombre y por sentirse encaminado a ser el pensamiento de su padre.
Creía que, luego de haberse rehusarse, necesitaría soledad, pero sin pensarlo buscó la presencia de su hermana que hubiese sido, junto con él, la otra participante de la herejía. 
Lucrecia venía siendo preparada por su padre, para ayudar a la causa de su grandeza. Y si bien conocía los hechos de la vida, en boca de su padre algo bien concreto sonaba absolutamente complejo... hasta tal punto, que Lucrecia no había llegado aun a saber en su totalidad lo que de ella se esperaba, junto con su hermano, para terminar de complacer a su Santo Padre, en esa causa tan importante. 
César entró a la enorme habitación y sin reparar en la ocupación de su hermana, la abrazó y la condujo al lecho, para tenderse a llorar. Lucrecia no entendía lo que veía. Hasta ese momento, en la vida de su familia, todos los asuntos eran importantes, pero no había existido hasta el momento razones de tristeza o preocupación. 
Ella intentaba indagar en el llanto de su hermano, pero él no sólo bajaba la vista, sino que hizo descender todo su ser al suelo para ocultar su cara en las piernas de ella. No hubo palabra que brotara del interior de su hermano.
Lucrecia quiso comunicar esa preocupación a su padre, quien con una perfecta oratoria desdibujó la realidad, e hizo que en los recuerdos de ella, no quedara posibilidad de relacionar el alejamiento de su hermano con ese día.  
A partir de entonces, César, hizo intentos de rebelión, pero su persona y su voluntad no llegaron muy lejos. Continuó siendo parte de la familia, pero a la distancia, colaborando en los sacrificios que debía hacer para que esas personas a las que alguna vez quiso desde su amor natural, continuaran llevando esa vida que tanto querían. Sólo fue un peón que operaba en las lejanías. 
Cada vez que pensaba en su hermana, la veía como a una niña, a la que no pudo conocer de adulta. Su familia siguió existiendo como una causa natural, como un mal necesario, un vicio. Si César debía operar de algún modo, velando por el bienestar de su familia, lo haría desde las sombras, desde la ausencia. 
Con el paso de los años, sentía que su persona desentonaba en las pocas veces que se hacía presente; así que decidió usar una máscara para que ya nadie supiera cómo era su verdadero rostro.

martes, 14 de junio de 2011

torciendo una idea

Hacía un rato que él estaba despierto y no hacía más que mirar la nuca de ella, todavía extraña. Intentaba adivinarla en gestos de placer, de dolor de placer. Desconfiaba de si ella realmente dormía. Pero tanto silencio generaba una paz capaz de potenciar la imaginación del desvelado.
Habían experimentado el sexo como dos nenes sin ningún tipo de limitaciones ni pudores. Habían hablado en la oscuridad de fantasías, de cosas que no hicieron y cosas que sí.
Si bien ella todavía representaba una novedad para él, no era difícil imaginar su cara en diferentes situaciones; su cara, sus gemidos, su humedad, su calor. 
Cambiaron de rumbo los pensamientos de él, al descubrir que no podía calcular el tiempo que pasó mirando el brillo azul que le permitía adivinar su nuca, su pelo y parte de su cuello. Miró hacia abajo, y volvió a dudar de si ella realmente dormía. 
Sin pensarlo alejó sus piernas de las de ella, para mirarla más. No sabía qué tenía ganas de hacer, pero lo iba a hacer. Inspiró el olor del sexo del rato anterior, ahora dormido. Acarició tiernamente el muslo de ella, suave y con la firme intención de que siguiera dormida, hasta que él decidiera lo contrario.
Empezó casi sin tocarla, sólo uniendo el calor de su mano, al de la pierna de ella. Luego empezó a apoyarla, y pasarla suavemente. 
Ella respondió con un movimiento mínimo. Él se detuvo. Segundos después empezó de nuevo, más suave, y se permitió llegar a más. Acarició también su abdomen, debajo de sus pechos; sus muslos de nuevo, sin tener en cuenta sus mínimas respuestas desde el sueño. 
Ella inmóvil, fue abrazada. Él volvió a separar su parte inferior para deslizar su mano entre ambos. Con un dedo acarició muy suavemente sus muslos. Se animó a entrar más entre esos dos mazos de calor… corriendo parte del elástico de su prenda íntima e interior… siempre con un dedo. Se sorprendió del calor que emanaba su piel, aun en esos lugares. Acarició la parte de su piel más sensible por encima de la tela y no supo si el calor aumentaba, o era su sensación. Llegó a la parte más blanda de todas, y corrió lentamente el elástico de la tela, tan erótica como todo lo demás. Era una entrada abierta a otro mundo, caliente. Mojó la punta de su dedo y se lo llevó a la nariz y a la boca, para volver rápidamente a donde estaba. Estratégicamente, reinició suave la exploración, dejando el rastro húmedo de su salida a través de su dedo, que a veces eran dos.
Se sorprendió al darse cuenta de que no tenía una erección, si bien toda la situación le provocaba un alto nivel de excitación mental. A tal punto estaba excitado que el más mínimo roce que sintiera sobre las sábanas, junto con el contacto más directo con el calor de ella, le provocaban un ardor en la cara y un latido en el paladar. Como si la boca se le llenara de un agua tibia y dulce.  
Pero ella seguía inmóvil, por lo que él decidió romper el hechizo y sumergirle el dedo salvajemente en su más húmeda, caliente e interna carne. 
La erección llegó de repente, fuerte, junto con la sorpresa que le generó la facilidad con la que introdujo su torpe dedo y, aun así, ella seguía dormida. 
Decidió no seguir de forma salvaje la exploración, y así poder disfrutar de su erección y respirar el olor de ella, amplificado. Empezó a besar su cuello. 
La punta de su hombría estaba apoyada en el cuerpo de ella, como buscándola. Él se miró, se agarró, y muy suavemente, dio lugar a esa misma entrada, que ella abriría aun más, siempre desde la inconsciencia. Fue muy fácil que la punta entrara. Él se contuvo de empujar y agarró uno de sus pechos, para apretarlo suave, para acariciarlo, para seguir instruyendo a su dedo en la geografía del pezón de ella. 
Él la supo despierta, pero sin tener la consciencia para saber cuándo había despertado. Sentía que simbólicamente, su mente y su cuerpo estaban ocupados en una tarea muy forzada, pero con toda la voluntad del mundo. 
-Ay, amor- se quejó ella, y él no sabía si de dolor o de excitación. -¡Amor!- repitió mientras giraba su cuello hacia él, que se lo deseaba y lo besaba, más allá de su confusión, enojo o excitación. 
Él imaginó que ella estaba confundida, y no sabía si ponerse a gozar, o seguir durmiendo, cosa que él no permitiría. 
Él buscó su boca y ella rehusó.
-Tengo toda la boca empastada. 
Pero eso no arruinaba nada de lo que estaba pasando. Mientras él mordía cada vez más fuerte su labio inferior, arremetió el empuje hacia adentro de ella, sintiendo que todo el calor húmedo se le quedaba impregnado en la ingle. 
Decidió cambiar el sabor de la boca de ella: la mano que estaba en el pecho de ella, bajó rápidamente y se encontró con el sexo de ambos, unido. Mientras se desunieron, la mano reemplazó el trabajo que él venía haciendo. Y arqueándose, sin dejar de penetrarla con sus dedos, la obligó a abrir la boca con la presión de su miembro. A ella le costó encontrar placer de forma rápida, ya que aun tenía sus sentidos dormidos, pero pareció gustarle sentir su propio sabor en esa parte, la más íntima de él, que ya iba metiendo dos, tres… cuatro dedos, y humedeciendo su mano entera. Luego de varios pases dentro de ella y varias penetraciones a su boca, deshizo su posición, indulgente con el sopor de ella, y rápidamente se unieron los dos sexos, con otro fluido, y las dos bocas, con un sabor diferente.